martes, 4 de septiembre de 2007

ENFERMEDAD CRÓNICA: VIDA PARA LEERLA 1



Yo NO soy marinero por ti seré

Un texto de Eloy Jáuregui


Siempre me fregaron los militares y los curas. Y hasta los diez años, mi madre y mis tías, me llevaba casi a rastras a cuarteles y conventos. Una veintena de primos y sobrinos estudiaban para coroneles u obispos. Desde esa vez detesto a morir las visitas como amo los encuentros insospechados. Eso es vida. Hallar una presa fortuita. Descubrir un verbo que me haga interesante. Romper la lógica de la regla de tres con un beso insospechado y ser sólo dos en la soledad de la más fiera de las sorpresas.


No podía deprimirme más cuando los uniformados salían de franco los fines de semana y arrasaban con las muchachas de mi vecindario. Un barrio de clase media a tiro de piedra del elegante distrito de Miraflores. Una vía de tranvía dividía mi envidia. Los seminaristas eran vistos como ángeles y los alférez cuales James Dean dulces por diabólicos. Yo quería ser médico y de eso hablaba en la sobremesa de domingo cuando hurgaban sobre qué diablos iba a ser de grande.

Mis hermanas, sin embargo, se marchaban de paseo hacia las calles arboladas de allá, cruzando nuestras orillas para entre helado y helados suspirar por los maniquí de blanco que así llamaban a los cadetes de la naval, que a decir del vulgo, eran los más esbeltos, cultos y elegantes. Después venían los aviadores y al final los del ejercito que bien podían, por chuscos, haber bajado desde cualquier villorrio de los Andes.


Años más tarde sufrí de los rigores marciales en el colegio. El curso de pre militar lo maneja un sargento a quien apodaban Chiricuto. Cuando me ordenaba con voz portentosa realizar toda la ridícula coreografía con un viejo fúsil frente al pelotón casi de fusilamiento, yo parecía más bien el Woody Allen de Manhattan queriendo domar una langosta alargada. Pero ya lo decía el filo filósofo Daniel Santos: “Si naciste pa’ soldao’, ahora tienes que aprender”.


De aquel tiempo es mi utopía más por lo imposible que por lo útil. Me gustaba la esgrima tanto como la química y el jazz más que la física. Inútil en mis sueños me enteré entre asombros que aquel verano una de mis hermanas había conocido a un marino brasileño mientras se doraba en una playa del sur y yo descubrí una foto donde ellos más que tomarse de las manos de aferraban de los labios. El primero en alegrarse a rabiar fue mi padre. ¿Cuándo se casan? pregunto.




El noviazgo fue más breve que la tarde en que el marino de origen portugués visitó mi hogar. Todos lo observábamos con un canciller bajado de los cielos. Era moreno, fibroso, de ojos verdes como aquellos seres de las telenovelas y hablaba con un dejo a jilguero enamorado. Un suspiro femenil atiborrado de lujuria se escuchó apenas de cerró la puerta y se marchó. Regresaría en un mes para pedir la mano y llevarse a mi hermana favorita a Brasil, por supuesto, en su barco.
Yo era el único varón soltero que quedaba en nuestra casa. Desde esa vez cambiaron mi dieta. Sólo comía pescados y mariscos y la imagen del héroe Miguel Grau sustituyó la amorosa foto del abuelo en el lugar protagónico de la casa. Una tarde a bordo de su viejo Chevrolet azul y frente al mar mi padre me preguntó si no me interesaba la inmensidad mágica del océano. Si no quería tener un amor en cada puerto. Si no quería pertenecer a los anales de la historia como un marino epónimo. Si no deseaba ser el orgullo de la prez de la familia. Al principio como era de esperarse, rechacé la oferte. Me friegan más los militares y ahora menos los curas. Pero por la noche nos fuimos de copas. “No eres mi hijo –gritó—, ahora eres mi hermano”.



Fue un psicoanálisis al revés. No tenía una fractura en mi niñez. Me esperaba un trauma mortal en mi vejez. Pero de pronto fui el mimado de la familia. Mis primas pedían que les tocase las piernas y hasta mis vecinas me comían con los ojos, amen de un aumento sustantivo en las propinas. Una noche afiebrado lo decidí: “seré marino, qué cojones”, me dije y en el desayuno solté la noticia. Prospectos y folletos atiborraban mi dormitorio. Ese verano de principios de los setenta me inscribía como postulante a cadete naval y hasta mi madre guarda una fotografía cuando me cortaban el cabello al ras.



Los exámenes fueron despiadados. No obstante, aprobé en todos y sin chistar, el de conocimientos, el físico, hasta el de presencia porque aprendí un extrañísimo dejo texano. Del examen médico no guardo los mejores recuerdos. Un paramédico descubrió que con el ojo derecho no miraba una vaca dentro de un ascensor. Y ahí comenzaron los problemas amen de una prueba donde un sujeto de mandil blanco me colocó cual tigre domestico tomando agua y me introdujo su dedo en el recto. Quedé mudo durante buen tiempo.



Una semana luego, mi padre ingresó a casa pegando de alaridos. Había ingresado. Todos lloraban menos yo que seguía sin decir palabras. Ya en la escuela, pasado mi bautizo, ya cadete, una medianoche me llamaron a la prevención. “Cadete Jáuregui, usted ha engañado a la institución. Usted no ve con el ojo derecho”. Yo pregunté: “¿entonces no puedo ser marinero?”. Me miraron como a un indio y me gritaron: “No carajo”. Abrieron la puerta falsa, me metieron una patada y me mandaron a mi casa desde La Punta y a pie. Desde esa madrugada soy poeta.

1 comentario:

Jose dijo...

mi padre es marino y mi madre ultra-catolica moderada. de niño queria ser marino..era mejor que ser cura eso ni lo pense..o era eso o futbolista..ninguno de los 3

mi viejo siempre comento algo parecido..tu erse cholo andate al ejercito.

odio los uniformes los odie en el colegio y tal vez los hubiera odiado en la marina ..aunque tengo mi uniforme de vagar en casa